Un descenso oscuro

Algo se me va a estallar… adentro, muy adentro.

Sigo con mi ejercicio nocturno un domingo en la noche, observando con preocupación las sombras que vigilan el espacio en blanco que existen entre los pinos y araucarias. Una luz intermitente parece predecir el futuro próximo de mi cuerpo desgastado y sudoroso, absurdo y algo sucio por el polvo adquirido en mi larga travesía hasta el lugar.

A lo lejos, entre los suspiros de los muertos escondidos y los susurros del viento que viaja danzante y espeluznante sobre la copa de los árboles, se logra divisar unas pequeñas luces que como un buen samurai, corta finamente la oscura y espesa noche, incluyendo la niebla que comienza a esparciese* por todo el bosque, por todo el camino, por toda la ciudad; es la luz de un taxi.

como buen paranoico que soy, imaginé una pobre mujer siendo desgarrada desde sus piernas hasta su cabeza, de izquierda a derecha, sin posibilidad alguna de gritar, sin posibilidad alguna de imaginar que alguien la podría sacar del embrollo doloroso y quizá vergonzoso en que se encuentra su cuerpo, en manos de un asesino y posiblemente necrofílico con delirios de masoquismo y canibalismo.

Mi aliento, el poco que tenía, desapareció al primer suspiro y no pude evitar comenzar a trotar con un poco más de velocidad. Me ubiqué al costado derecho de la vía, al lado del bosque y la penumbra, queriendo por un momento que me tragara la niebla y apareciera en cualquier otro lugar, alejado de ese suspenso y ese pánico que me produjo el maldito taxi estacionado en la segunda curva del descenso más tétrico que pude encontrar.

Pasé con la cabeza abajo, como es costumbre al entrar a alguna discoteca en el Parque Lleras, para evitar confrontaciones innecesarias con matones a sueldo y traquetos, para evitar llevar conmigo el cargo de conciencia que se produce al ver un muerto. Contuve el aire por unos segundos, simulando hacer apneas en superficie y luego, después de un fuerte descargo de bióxido de carbono, me vuelve el alma – si es que existe – al cuerpo con la sensación de tranquilidad y con la certeza que lo que el hombre no acariciaba no era un cuerpo, sino la cabeza de una mujer que se balanceaba lentamente sobre su miembro. Sexo oral era lo que ocurría en aquél tétrico lugar.

Sonreí levemente y seguí mi camino hasta un plano, un pequeño pero tranquilo plano donde podría estar tranquilo que ningún taxista asesino o cualquier otro miembro oscuro del infierno, reclamara mi cuerpo como suyo.

Andkristur Esteban

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About estebanz01

Mi nombre es Esteban; Andkristur si así lo prefieren. Escribo cuando me estreso o cuando estoy contento. No esperen emociones neutras de un posible neurótico compulsivo.

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